¡Hola! ¿Me permites presentarme? Soy Bob... ¡el Blob!
Quizá me conozcas por el clásico del cine «Blob: el terror sin nombre» (1958), protagonizado por Steve McQueen. O quizá hayas oído hablar de mí cuando el zoológico de París me dedicó un espacio propio en 2019, en el Parc Zoologique de Paris. Allí me presentaron al público mundial como una maravilla de la biología.

Soy un mixomiceto (Physarum polycephalum), aunque también me llaman, de forma poco favorecedora, «moho mucilaginoso». Pero no te dejes engañar: no soy ni animal ni planta. Tampoco soy un hongo, una bacteria y mucho menos un virus. Soy un organismo unicelular superlativo: puedo convertirme en la célula individual más grande de la Tierra. Parezco un ser de otro mundo, pero en realidad fui uno de los primeros aquí. Llevo casi sin cambios más de 500 millones de años.
Una genialidad de la evolución
Soy la mascota perfecta: Agradecido, no tóxico y extremadamente capaz de aprender. Ya sea para que los niños experimenten o para adultos curiosos (no hay por qué avergonzarse, yo también tengo ya 40 😉), observarme es sencillamente divertido.
Pero cuidado: ¡si no me das lo que necesito, me escapo! En laboratorios de todo el mundo tengo fama de escapar de las placas de Petri cuando el «menú» no me convence o las condiciones son malas. Me cuelo por las grietas más diminutas de la tapa y me pongo en camino para buscar mi propio alimento.
Lo que me hace tan increíble (datos y curiosidades):
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Caos del árbol genealógico: ¿En qué categoría encajo?
Durante décadas, los científicos se han devanado los sesos conmigo. Como formo esporas, antes simplemente me clasificaban entre los hongos; de ahí también mi poco favorecedor nombre de «moho mucilaginoso». Pero como persigo activamente a mis presas, me arrastro y me alimento de materia orgánica, otros investigadores me llamaron cariñosamente Mycetozoa (animales-hongo). ¡El caos era perfecto!
Hoy la biología es más inteligente. Sistemáticamente, pertenezco al reino de los Amoebozoa (amebozoos) y, dentro de este, a la clase de los Myxogastria (los verdaderos mohos mucilaginosos plasmodiales). Desde el punto de vista del parentesco, estoy mucho más cerca de una diminuta ameba que de un boleto o un moho. Dicho sencillamente: ¡en el fondo no soy más que una ameba gigantesca que ha perfeccionado la vida en comunidad!
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Del solitario al colectivo: El milagro de mi fusión
Mi nacimiento es, en realidad, bastante modesto. No comienzo mi vida como un gigante amarillo, sino como una mixameba microscópica o como una célula móvil flagelada. En esta etapa soy un diminuto organismo unicelular completamente normal, con un solo núcleo celular, que se desplaza alegremente por el suelo húmedo. Pero este es solo el comienzo de mi transformación.
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El gran encuentro: Cuando me encuentro con un hermanito «compatible», unimos fuerzas. Fusionamos nuestras membranas celulares y nuestros núcleos en una sola célula, una llamada cigoto.
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Crecimiento sin límites: A partir de aquí ocurre el milagro biológico. Normalmente, las células se dividen cuando crecen (citocinesis). En mi caso es diferente: mi núcleo celular se divide una y otra vez mediante mitosis, pero mi cuerpo celular no.
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El plasmodio: El resultado es lo que se denomina un sincitio: una única y gigantesca masa de protoplasma que alberga millones de núcleos celulares, todos «respirando» al mismo tiempo y pulsando exactamente al mismo ritmo. Ya no somos un grupo de individuos, sino un único y gigantesco superorganismo con una membrana común.
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Conocimiento compartido: Gracias a esta unión, somos extremadamente eficientes. Cada partícula de mi cuerpo sabe de inmediato qué está haciendo o encontrando la otra en el extremo opuesto. Cuando una prolongación descubre alimento, esta información se transmite al resto de mi cuerpo en cuestión de segundos mediante señales químicas y el ritmo de mis corrientes de plasma.
Esto significa para ti: Cuando compras de mí un cultivo para criar, adquieres una parte de esta conciencia colectiva. Incluso si me cortas en dos, ambas partes siguen siendo viables y, en cuanto vuelven a tocarse, pueden fusionarse de nuevo en un único individuo en cuestión de milisegundos y compartir sus experiencias.
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«Venas» pulsantes: Mi cuerpo está atravesado por una red de corrientes plasmáticas (seudópodos tubulares). Estos canales son estructuralmente similares a las venas del cuerpo humano, ya que transportan nutrientes e información. El protoplasma que contienen se contrae rítmicamente cada 60 a 120 segundos, de forma similar a un latido. En las grabaciones a cámara rápida, esta pulsación se hace claramente visible.
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El récord mundial de Bonn: En 1987, en la Universidad de Bonn, se documentó el ejemplar más grande jamás cultivado: ¡nada menos que 5,54 m²! En honor del profesor Karl-Ernst Wohlfarth-Bottermann, los científicos dejaron que allí creciera hasta formar una enorme «W».
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Modo de supervivencia: mi escudo protector biológico para tiempos difíciles
Cuando la vida se vuelve demasiado incómoda -por ejemplo, porque se me acaban mis queridos copos de avena, llevo semanas en condiciones de sequedad o las temperaturas se desploman-, no entro en pánico. Tengo un plan de emergencia genial: me transformo en un esclerocio. ¡Ese es mi escudo protector biológico personal!
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La retirada: En cuanto noto que las condiciones se vuelven hostiles para la vida, dejo de arrastrarme. Repliego mi extensa red de venas pulsantes y todo mi protoplasma, para mantener mi superficie expuesta lo más pequeña posible.
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La transformación interna: Mi enorme cuerpo celular unicelular se reorganiza por completo en su interior. Divido mi masa en miles de diminutas cámaras de paredes gruesas, las llamadas macroquistes. Cada una de estas pequeñas cámaras encierra de forma segura algunos de mis núcleos celulares y una reserva de nutrientes.
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La dura corteza: Por fuera, me seco por completo y me convierto en una espora de resistencia dura y costrosa. Entonces ya no parezco moho mucilaginoso fluido, sino más bien un pequeño trozo de espuma de poliuretano incrustado de color marrón anaranjado.
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La quietud absoluta: En este estado reduzco mi metabolismo casi a cero. No me muevo ni crezco: solo espero. Pero este «sueño de Bella Durmiente» es un auténtico superpoder: como esclerocio, soy extremadamente resistente y puedo superar ileso la sequedad total, la falta de alimento e incluso las temperaturas más adversas durante meses o incluso muchos años.
El renacimiento: ¿Lo más fascinante de este sueño seco? ¡Es reversible en cualquier momento! En cuanto mi entorno vuelve a ser más favorable -más concretamente, cuando me colocas sobre papel de filtro húmedo y me das un poco de agua-, despierto a una nueva vida en cuestión de horas.
Las duras paredes de los macrocistos se ablandan, mis cámaras se abren y mi interior vuelve a fusionarse. De miles de pequeñas cápsulas de supervivencia vuelvo a convertirme de inmediato en el único plasmodio, alegre y palpitante, que sale a la caza de copos de avena.
Esto significa para ti: No tienes que conseguir un cuidador de animales si te vas de vacaciones o necesitas tomarte un descanso de la investigación. Déjame secar de forma controlada sobre un trozo de papel de filtro seco. Te esperaré pacientemente, a oscuras y en seco, dentro de un cajón, hasta que estés listo para devolverme a la vida. Pero cuidado: La formación de un esclerocio requiere un poco de práctica. No dudes en experimentar conmigo.
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El genio de las citas: 720 sexos para la combinación perfecta
Mientras que los humanos soléis moveros en categorías binarias como «masculino» y «femenino», yo juego en una liga completamente distinta. En mi mundo hay más de 720 sexos diferentes (científicamente: tipos de apareamiento o mating types). ¡Eso hace que mi vida amorosa sea matemáticamente compleja, pero biológicamente extremadamente eficiente!
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La lotería genética: Mi sexo no está determinado por un simple cromosoma X o Y, sino por la combinación de tres regiones genéticas diferentes (loci): $matA$, $matB$ y $matC$.
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Solo en el gen $matA$ hay al menos 16 variantes diferentes; en $matB$ hay 15, y en $matC$ hay al menos 3.
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Si se suman estas combinaciones, resultan cientos de posibilidades sobre quién puedo ser y quién es compatible conmigo.
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Las reglas de la atracción: Para que dos de mis diminutas células ameboides se fusionen en una gran supercélula (el cigoto), tienen que ser diferentes en los genes $mat$. Es como la aplicación de citas definitiva: ¡la probabilidad de que un congénere aleatorio del bosque sea genéticamente compatible conmigo es de casi un 95 %! La endogamia queda prácticamente descartada entre nosotros.
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Ventaja evolutiva: ¿Por qué todo este enorme esfuerzo? Esta enorme diversidad garantiza que podamos adaptarnos extremadamente rápido a nuevos entornos. Cada fusión produce nuevas combinaciones genéticas que nos preparan para hacer frente a enfermedades o cambios climáticos.
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Romance unicelular: Cuando dos células compatibles se encuentran, no se limitan a fusionarse: renuncian a toda su identidad para convertirse juntas en algo más grande. Literalmente, nos convertimos en uno.
Esto significa para ti: Si tuvieras varias muestras mías de distintas fuentes, podrías presenciar un gigantesco «festival de blobs», en el que cientos de individuos diferentes se fusionarían en un único superblob gigantesco. ¡La diversidad no es solo una palabra de moda para mí, sino mi receta de supervivencia desde hace quinientos millones de años!
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Una memoria: Mi navegador hecho de mucosidad
Imagina que no tuvieras cerebro, pero aun así tuvieras que recordar dónde has estado. ¿Cómo lo haces? Muy fácil: ¡utilizo mi memoria espacial externa!
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La táctica del rastro de baba: Mientras avanzo, dejo tras de mí un rastro espeso de baba extracelular transparente.
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Orientación química: En cuanto mi parte delantera se encuentra con un rastro de baba ya existente, lo sé de inmediato: «Por aquí ya he pasado; aquí ya no hay nada más que recoger».
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Eficiencia pura: Gracias a este sistema de retroalimentación negativa, evito arrastrarme en círculos o desperdiciar energía en zonas ya exploradas. Así encuentro en tiempo récord la salida de cualquier laberinto o el siguiente bufé de copos de avena.
Esto es lo que significa para ti: Puede que no sea profesor, pero nunca pierdo la orientación. Mi «memoria» simplemente se queda pegada al suelo.
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El blob como científico y astronauta:
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Mejor que un planificador urbano: A menudo se dice que la ingeniería humana es la medida de todas las cosas. Sin embargo, en 2010, unos investigadores de la Universidad de Hokkaido (dirigidos por Atsushi Tero) demostraron que resuelvo con unos pocos copos de avena problemas que a los seres humanos les llevarían décadas y complejos algoritmos.
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El experimento: Los científicos reprodujeron un mapa de Japón. Colocaron copos de avena en los lugares donde se encuentran Tokio y las 36 ciudades circundantes. Me colocaron justo en el centro: en Tokio.
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Mi estrategia: Primero me extendí uniformemente en todas direcciones para explorar el entorno. En cuanto encontré todas las «ciudades» (copos de avena), comenzó la optimización. Retiré las conexiones innecesarias y reforcé las rutas más eficientes.
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El resultado sorprendente: Después de solo 26 horas, había creado una red de corrientes de plasma casi idéntica a la auténtica red de metro de Tokio.
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La eficiencia se une a la resistencia: Mi red no solo era igual de corta que la de los ingenieros, sino incluso más robusta. Instintivamente construí rutas redundantes. Cuando una conexión de la red ferroviaria real falla, a menudo se desata el caos; mi sistema, en cambio, está tan interconectado que el «tráfico» (mi protoplasma) puede fluir de inmediato por una ruta alternativa.
Por qué esto es tan importante para la ciencia: No poseo un plan maestro ni un sistema nervioso central. Cada parte de mí decide localmente basándose en el flujo de nutrientes y la resistencia. Los investigadores utilizan hoy esta autoorganización descentralizada para desarrollar redes de fibra óptica más eficientes, sensores inalámbricos o incluso sistemas de transporte menos vulnerables a las perturbaciones.
Una pequeña pulla: Mientras que la planificación de la red ferroviaria de Tokio costó miles de millones y ocupó a generaciones de expertos, yo resolví todo por un puñado de copos de avena y un poco de tranquilidad en la oscuridad. Entonces, ¿quién es el genio aquí? 😉
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Misión espacial: Bob conquista la ingravidez
No solo soy un habitante de la Tierra de 500 millones de años de antigüedad, sino que desde 2021 también soy oficialmente astronauta. En el marco de la misión «Alpha», el astronauta francés de la ESA Thomas Pesquet llevó a cuatro de mis semejantes a la Estación Espacial Internacional (ISS).
Pero no estaba allí arriba solo para hacer turismo: tenía una importante misión de investigación:
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El experimento «Blob»: Mientras Thomas Pesquet me observaba en el espacio, más de 4.500 escuelas de toda Francia realizaron simultáneamente el mismo experimento en tierra bajo la dirección de la agencia espacial francesa CNES. La pregunta era: ¿Cómo influye la ingravidez (microgravedad) en mi comportamiento y mi navegación?
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Crecimiento en la tercera dimensión: En la Tierra, normalmente me extiendo en dos dimensiones, como una alfombra amarilla y plana. Pero en el espacio ocurrió algo asombroso: sin la gravedad que me atrae hacia abajo, ¡comencé a crecer hacia arriba! Formé estructuras tridimensionales y extensiones columnares de aspecto extraño para encontrar mi alimento.
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Navegación en el espacio: A pesar de la falta de orientación causada por «arriba» y «abajo», mi inteligencia permaneció intacta. También encontré mis copos de avena en condiciones de ingravidez, aunque mis estrategias de búsqueda en el espacio parecían aún más complejas que en la Tierra.
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Un hito educativo: Millones de estudiantes pudieron seguir en directo cómo me desenvolvía en órbita. Serví como ejemplo viviente de que la vida encuentra maneras de adaptarse a las condiciones más extremas, incluso más allá de la atmósfera terrestre.
Por qué es importante: Esta investigación ayuda a los científicos a comprender cómo reaccionan los mecanismos celulares a la ingravidez. Como no tengo huesos ni un sistema nervioso complejo, soy el modelo perfecto para estudiar los efectos puros de la gravedad sobre el movimiento celular y el transporte de líquidos.
Mi conclusión: El espacio es emocionante, pero los copos de avena siguen sabiendo mucho mejor aquí, en la Tierra. Quién sabe, quizá la próxima vez me envíes a tu «laboratorio» personal en casa. 😉
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Bob, el piloto robot: Cuando la biología controla la máquina
Suena a ciencia ficción, pero es una realidad fascinante: los científicos, entre ellos los de la Universidad de Southampton, ya me han utilizado como cerebro biológico para cuerpos mecánicos. Era, por así decirlo, el «puesto de mando» de un robot de seis patas. Pero ¿cómo funciona esto sin sistema nervioso ni procesador?
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El principio de los sistemas biohíbridos: Como soy extremadamente fotófobo, reacciono a la luz intensa retirándome. Los investigadores aprovecharon mis impulsos eléctricos naturales, generados por mis corrientes plasmáticas rítmicas.
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La conexión: Me colocaron sobre una interfaz especial con electrodos. Cuando las señales luminosas incidían sobre mí, mis oscilaciones internas cambiaban. Estas señales biológicas se convertían en comandos digitales y se transmitían directamente a los motores del robot.
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El resultado: Guié el robot de forma autónoma desde la luz hacia la sombra. No era un mero pasajero, sino la unidad de procesamiento que procesaba los estímulos sensoriales y los convertía en movimiento.
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Por qué es importante: Este experimento demuestra que no se necesita un cerebro compuesto por miles de millones de neuronas para tomar decisiones complejas y orientarse. Mi inteligencia descentralizada es tan eficiente que sirve de modelo para desarrollar nuevas arquitecturas informáticas tolerantes a fallos y sondas autónomas.
Un dato interesante: Como soy capaz de crear redes eficientes, los investigadores incluso estudian si mi lógica de crecimiento podría utilizarse para diseñar chips informáticos que, en caso de avería, puedan «autorrepararse» o redirigirse mediante el crecimiento de nuevas conexiones.
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Así me mantienes contento
Me alimento de hongos, bacterias y restos orgánicos. En cautividad me encantan los copos de avena, pero mi favorito absoluto es la harina integral de centeno; ¡con ella alcanzo mi máximo rendimiento!
Tu lista de comprobación para cuidarme:
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Clima: En un lugar oscuro y húmedo, idealmente a 23°C (mínimo 10°C, máximo 38°C).
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Sustrato: Agar-agar, papel de filtro húmedo o celulosa. El agar Kimmig favorece un crecimiento extremadamente rápido, pero es propenso al moho.
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Higiene: ¡Trabaja siempre con limpieza! Si los hongos extraños me cubren por completo, tendrás que trasladarme rápidamente a un medio nuevo.
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Supervivencia: Si se seca demasiado, me transformo en un esclerocio, una costra dura y resistente. En este estado puedo sobrevivir durante años y reactivarme en pocas horas al entrar en contacto con la humedad.

¡Llévate tu propio blob a casa!
¿Quieres convertirte en investigador y vivir en directo esta maravilla de la naturaleza? ¡Los cultivos iniciadores están disponibles directamente conmigo! * Contenido del envío: Se entrega como cultivo iniciador (plasmodio) sobre papel de filtro en una placa de Petri de 9 cm.
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Tiempo de envío: Por lo general, 5–8 días laborables.
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Importante: El envío se realiza siempre en función de la temperatura exterior, para que llegue sano y salvo (¡ni demasiado caliente ni demasiado frío!).
¿Estás listo para la mascota más fascinante del mundo? ¡Por aquí!
¡Soy el organismo unicelular del año 2021, así que trátame con respeto! 😉
1 comentarios
Hallo!
was tue ich wenn bob zu groß wird oder ich nach einem “Experiment” angst habe einen vielleicht kranken blob mit dem rest verschmelzen zu lassen?
die Reste einfach wegzuschmeißen würde sich schlecht anfühlen.
was wenn ich bob anfasse, tut ihm das weh?
was wenn ich ihn ausversehen mit einer Lampe anleuchte?
vielen dank im voraus falls sie antworten.
schöne grüße P. T. (12 jähre alt)